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    2018-11-13

    La metáfora del panóptico es fundamental en la obra de Eltit. En todas sus novelas existe esta tensión entre un ojo de poder que intenta aprehender Mifepristone ciertos personajes y que estos tratan de evitar, como sucede con la protagonista de Lumpérica con la luz del luminoso y la cámara filmadora; en Los Vigilantes, donde encontramos la supervisión del marido ausente; y en el prólogo y epílogo de Los trabajadores de la muerte, donde las voces populares venden sus productos alternativos bajo las cámaras de vigilancia de un mercado informal, por señalar algunos ejemplos en los que profundizaremos de las novelas seleccionadas. Sin embargo, es necesario indicar que esta metáfora no es estática en las novelas, sino que podemos observar diferentes etapas en que esta figura panóptica se va modificando. En la primera etapa de la dictadura, nos encontramos con un panóptico que ejerce su poder de manera vertical sobre los cuerpos de los protagonistas por medio de un poder directo, opresor y violento, como sucede con el luminoso, la vigilancia policial en el barrio o los padres voyeuristas de los mellizos. En la etapa de la posdictadura, la figura del panóptico se va diseminando gradualmente desde un poder indirecto, con una figura paternal de vigilancia absoluta hasta la conformación de cuerpos obedientes. Finalmente, en la etapa de la globalización encontramos un biopoder que traspasa los cuerpos disciplinados para intentar conformar ciudadanos dóciles y serviles a un sistema, como ocurre con los trabajadores del supermercado en Mano de obra, o con la madre y la hija bicentenaria que viven en el hospital en Impuesto a la carne. Vemos así que la metáfora del panóptico se ha ido transformando desde un ojo vertical hasta una red operativa invisible que traspasa los cuerpos y los espacios. La plaza, el barrio marginal, las calles, hospitales, casas, hospicios, supermercados, se construyen metafóricamente como espacios propicios para representar el poder y sus fisuras no solo en esos lugares geográficos localizados, como la ciudad de Santiago, sino que puede ser cualquier ciudad latinoamericana bajo las mismas condiciones de vigilancia. Para Kirkpatrick (2006), el “mundo/ciudad construido por Eltit no se ve como un panorama completo, sino fragmentario, atravesado por las múltiples entradas que las voces de sus personajes nos entregan” (p. 40). Es por ello por lo que debemos redefinir el concepto de espacio desde el análisis tradicional bajo la supuesta premisa de la rigidez y lo estático y suponer que es algo más que una superficie con propiedades físicas. Para Massey (2005), el espacio se entiende en función de tres aspectos. En primer lugar, es producto de interrelaciones que se configuran desde lo más global hasta lo más íntimo; en segundo lugar, el espacio es una “esfera de posibilidad de la existencia de la multiplicidad” en la que coexisten diferentes trayectorias y múltiples voces, por lo que espacio y multiplicidad son constitutivos; y finalmente, siempre está en proceso de formación, abierto, en devenir (p. 104). El espacio, entonces, ya no es una entidad estática, Mifepristone sino que es dinámico y fluido y depende de las relaciones que se instalan en él. Un lugar es un proceso, por lo tanto, la identidad de un lugar no es fija porque las relaciones que se dan a eyespot su interior son dinámicas; pero lo más importante es entender que los sujetos se construyen en este punto de intersección, por lo que la identidad posee una variedad de discursos, de tiempos y de espacios. Esta movilidad y dinamismo es uno de los puntos fundamentales en los espacios eltitianos porque se mueven desde lo interno hacia lo externo o desde lo local hacia lo global, como sucede con la plaza, el barrio marginal, el hospital, la casa que representa también el país en tiempos de dictadura y, por extensión, América Latina. En esta misma línea, Lefebvre (1991) agrega otro aspecto importante del espacio, planteando que no es un objeto separado de la ideología o de la política, sino que es político y estratégico con apariencia de neutralidad. Para el autor, el “espacio representacional” es el espacio vivido por medio de sus símbolos e imágenes y que se vincula con la cultura y el arte (p. 38); por lo tanto, se produce y modifica a través del tiempo, representando formas de conocimientos locales e informales dinámicas, simbólicas y saturadas de significados. Los espacios están articulados en las vidas cotidianas y constituyen “sitios de resistencia”. El presente análisis se centra precisamente en el carácter político del espacio y en la posibilidad de resistencia al interior de los mismos procesos. Las múltiples formas de resistencia dependen del lugar en que se forman y de las experiencias cotidianas de ese lugar concreto, como veremos en algunas obras de Eltit, en las que los lugares específicos se encuentran sometidos y vigilados, pero también permiten la resistencia de diferentes modos. Examinaremos entonces el concepto de espacio en las novelas de Eltit y analizaremos cómo el proceso de formación del espacio y la forma en que los personajes lo habitan se entreteje con mecanismos de poder que intentan fijar los cuerpos y las formas de resistencias que se oponen mediante los mismos cuerpos.